La noche fría, es un manjar para el impulso. Apenas moría el sol, las puertas se abrían en el bar mochilero de concurrencia, el habitual para moros y cristianos, blancos, negros, amarillos e incoloros se daban un baño de anonimato cada viernes. Nada particular; drogas lícitas e ilícitas, amores lícitos e ilícitos. Un grupo de trova traía al presente canciones del camino rebelde de una generación, hoy perdida. Cerca del número final, la última canción arreciaba el ímpetu de la necesidad, rebasada con creces por las ganas de seguir jodiendo por parte de las criaturas, que no contentas con la disfunción lógica del raciocinio, vociferaban como heridos de muerte; una canción más. La gente con pantalones cortos y camisas ajustadas a la piel como la piel misma en llamas de agua salada, o sudor, o desfachatez en su punto más noble, celebraba un no se que con no se quien, todos con todas encendían más y más la pólvora, hasta que las puertas se cerraron y la luz tenue de las velas se apagaron. La sala llena ahora con gente conocida; los meseros y agentes administrativos del local, pidiendo cortésmente la retirada de los aún hambrientos comensales. Esperé fuera del bar, sentado en la acera de enfrente con los ojos gravitando entre piernas desnudas y piscinas de humo aromático, los minutos siguientes fueron constantes e irrelevantes. A lo lejos se abría paso un hombre que mostraba a todos su carné del Ministerio del Interior, de 1988, hacía más de una década que el otrora Ministerio perteneciente al gobierno sandinista no existía, pero ahí venía aquel viejo gordo, con el pelo huracanado y blanco, la boca semiabierta y en el fajón un bulto que claramente dibujaba el cañón de una pistola. Terminé con mucha sed mi cerveza y me despedí de los últimos no sobrios, de las desconocidas y los desconocidos una mirada enredada con hilos nos unía, la siguiente estación, era el bar en boga, la última tierra colonizada por el marketing pobre y esnobista de la juventud, de mi generación.
El viento avanzaba frontal y con alevosía sobre la llama que intentaba encender mi cigarro, me di la espalda guarneciendo entre mis manos el chispero, observé a un joven tambaleante que martillaba con su frente la pared de una esquina, por la acera un río de orines cruzaba hasta la calle, segundos después todos corrían, esta criatura martilladora, acababa de orinar un cable pelado de alta tensión cuya natural consecuencia fue un pequeño, pero alarmante estallido eléctrico. A mi lado circulaban personas rubias, cretinos a mi juicio, juicio sesgado por la reciente ruptura con Ánke, joven mujer alemana, fetichista de mi persona hasta que llegó Carlota, Joven mujer española, de gustos maniáticos, pero apetecibles todos, que encontró en Ánke el balance universal entre el fetichismo y la locura, siendo yo, una inapropiada variable en su equilibrio de género. Decía, cretinos extranjeros que siglos después vuelven por nuestro oro: La actitud de nuestra vida entre los charcos de lodo, que según bula papal, nos toca vivir. Hacía media hora, había cambiado la fecha del día como el día, era sábado, y el viejo del ministerio del interior, platicaba desde su carro, con alguien que bajo la luz de los postes, asimilaba un gladiador, negro y con gorra beisbolista. El carro del pistolero, como me parece apropiado llamar a este exótico ciudadano, tenía el volante a la derecha, como un auto ingles, las puertas estaban abiertas y las luces de parqueo encendidas. Pensé que la noche comenzaba a tornarse ligeramente llamativa.
El paquete de cigarros a la basura, vacío y mezquino. Lepuá, francés, radicado desde joven en la ciudad de Erfurt, Alemania, y con varios años de vivir en Nicaragua, no sé cuantos, pero los suficientes para hacer comer mierda a todo un árbol genealógico sin respirar. Me dijo que venía detrás de mi, pero se detuvo a observar el chispeo de la esquina, que por cierto se convirtió en un incendio que controlaron los vecinos. Su interés principal era pedirme una boleta para enrollar un poco de tabaco. Presto al favor, caminamos en silencio hasta acercarnos a la zona más luminosa y alegre de la ciudad, donde bellas y feas mujeres y niñas jugando a ser adultas con muchos pelos en la lengua, salían y entraban de las discotecas en compañía de bellos y feos hombres y niños que jugaban a vomitar, sin importarles cuándo ni dónde. Decidí comprar un paquete de cigarros donde “El Black”, todas las ciudades tienen uno. Cada círculo de amigos tiene uno, pero este “Black”, vendía bajo un árbol, chicles, cigarros, caramelos, y una vez más, nada particular, porque también vendía, aparte de estas drogas lícitas, drogas ilícitas, siempre que supiera uno proponer de forma adecuada la oferta de compra.
Una procesión de risas entraba y salía de la disco, no entré, no tenía más dinero ni voluntad para decepcionarme con rutina carnavalesca, me encontraba –si es posible encontrarse en el inicio madrugador de un sábado- disfrutando de un largo lapso de abstracción, alentado por la soledad de mis pasos, incluso Lepuá ingresó sin rodeos a la fiesta, volví sobre mis huellas satisfecho de hilvanar cierta historia sobre los borrachos que incendian una casa con una buena dosis de orines. El escenario del camino era amarillo mezclado con una gota de oscuridad, estaba en una ciudad “pacífica” donde la suerte era encontrarte con la mala suerte y la mala suerte era jamás encontrar el camino a casa. A unos metros se escuchaban gritos, uno agudo y otro grave, como si cantaran Charly y Sabina en el café Berlin. Un hombre cara larga y sin camisa, con un silbato en el pecho que cuidaba algunos carros, discutía furioso con una docena de niños que iban y venían en la acera de enfrente. Los niños, todos de camisas tres veces más grande que ellos, sin zapatos y con el cabello rebelde de su vida, amenazaban con sus pequeñas voces golpear al cuidador de carros, que retaba a los pequeños luchadores, los provocaba con sinceridad. Tome asiento en la esquina opuesta al escenario, creo en la palabra de las señoras de pueblo, por tanto emplee la técnica de la curiosidad “caritativa”. En verdad era claro que de aquella discusión no gotearía más que saliva y sudor, pero nadie, ni yo, imaginaba que un impulso de un metro de alto, avanzaría decidido contra su adversario. Salió corriendo desde el tumulto para sembrarse a mitad de la calle contra Goliat, el pequeñín con los brazos escondidos en su enorme camiseta, lanzó una piedra que apenas divisé como un zanate tierno, seguidamente, el cuidador de carros se limpiaba los borbotones de sangre que salían de su frente. Todos echaron a correr en distintas direcciones, el cuidador y los niños.
Esto ocurre todos los días en el mundo, lo que no ocurre, es que el niño pitcher, sea conocido como el hijo del cuida carros, según voces aledañas a los sucesos.
Ya me había convencido que la gira del viernes, había sido interesante, antes de tomar el taxi que me alejara de la mala suerte, fui a sentarme junto a la fuente de los leones, frente a la catedral, dándole la espalda a Máximo Jerez, cuando desde atrás un grupo de nicas y de cheles, me rodean, me desbordo en incertidumbre, porque hasta ahora no relaciono a los desentendidos mochileros con delincuentes, más que provocadores de altercados tipo falta. Lepuá salto al centro del circulo humano y comenzó a bailar como gusano, mariposa, saltamontes, etcétera, por mi parte, me convertí en exiliado de los posibles rumbos de ese pedazo de mi vida, tomé un taxi sin despedirme ni tejer hilos ni humos ni nada y para finalizar la jornada, estando parqueado frente a mi casa, pagándole al taxista por estafarme, observé correr despavorido a un tipo como gladiador, con gorra de beisbolista que se perdió en algún predio de su camino. A la mañana siguiente el periódico en su sección de departamentales, informaba de un carro ingles, robado y luego quemado en las afueras de León.