jueves 6 de mayo de 2010

12 rounds contra uno mismo


Enrique Delgadillo Lacayo

¿Desde cuándo somos libres? ¿Para qué somos libres? Quizá estas preguntas, pertenecientes al fragor del pensamiento que padece insatisfacción crónica, carecen de valor en nombre de la rutina. Pensar es meterse al ringside a batirse a golpes con uno mismo; grandilocuencia del ego que no se perderá esta batalla en la que, por “azar” de la naturaleza, le harán tajos con precisión de artista las conclusiones del razonamiento.

Y si hemos anquilosado las caricias afelpadas de las circunstancias por huir del combate, vendrá diez veces el promotor de pelea, la vida, a sobarnos con maldad el rostro y sembrarnos adentro como flores temblorosas en invierno.

Quizá, es recomendable, encarar primero no precisamente nuestro ser, enemigo íntimo(para los que gustamos de Sabina) y eterno. Pues no es bueno nunca hacerse de enemigos, que no estén a la altura del conflicto (para los que gustamos de Fito), claro que uno nunca está a la altura del conflicto. Decía, primero encarar un lío cualquiera. Eliminan al Barcelona, mejor equipo del mundo y el mundo no se detiene, pero vos, envuelto en una apuesta de no sé cuánto y hacia dónde, a quien gritaste, a donde terminó todo, te limitas en una vulgar tragedia, pero por algo hay que empezar. Los problemas son El Problema. El que desconstruye una sociedad, como la corrupción, el analfabetismo, etcétera, tampoco son El Problema.

Dormir en la puerta de tu casa, sin un peso en la bolsa y las costillas quebradas adornando la sangre seca tatuada en tu boca, llegará muy pronto a ser parte de tu bitácora anecdótica de viernes por la noche y una cerveza tras otra y una carcajada tras un bostezo de un prevenido oyente de exagerados, aunque algún hijo de poeta podría agregar algunas heridas más a la historia.

¿Quién soy yo? Quiero decir, ¿Qué autoridad reviste mi opinión? Ninguna, ya es una arrogancia en el mejor de los casos, hacer un juicio cualquiera, sobre cualquiera. Aunque permisible sobre un buen amigo. Empero, Lo que a todos concierne, por todos debe ser decidido, acertada frase. Todos los nicaragüenses podemos decir que Arnoldo Alemán es un Ladrón, por muy peyorativo que esto parezca, porque todos depositamos dinero en la caja robada y por una sentencia que lo hace pasar por cosa juzgada y ahí no se enreda nadie, queda claro que si desbordan la frontera que dibuja mi ser ante el otro, entramos en una construcción donde somos protagonistas los involucrados.

Todos somos víctimas de la cobardía del ser o del ser cobarde, esa antítesis de buscarlo, es decir, escondernos, no saciar la duda impulsora del progreso, cuya esencia se ve tergiversada por un factor deplorable en tanto un progreso desigual. Peor cuando cobardes son los que dirigen los hilos del futuro, un puñado de niños jugando a esconderse de sus propias verdades. Quizá estos egos, sean el mejor ejemplo para entender que este miedo del ser, deviene en efecto dominó, tan prolongado como el poder que se maniobra. Nosotros no podemos resolver de raíz lo que a todos concierne, menos esas particularidades, islas donde sólo podemos verter opiniones.

No terminaría de acertar cual es El Problema, sin la menor duda que cada quien posee uno distinto. He aquí lo importante del asunto; en virtud de saber que nadie da lo que no tiene, es que debemos subir al ringside a fajarnos a la brava por razones válidas y particulares, que no incumban a todos, únicamente al ser eterno con el que vivimos todos los días. Considero esta, una mejor aportación a la construcción de una sociedad más justa, mejor que aplaudir los uppercut y jabs que nos lanza la cámara, haciéndonos una fotografía confortable de nuestro rostro maltratado, sin dientes y ensangretado por la resignación. Mejor que apretar los dientes mientras esbozamos tragedias y comedias de Mtv a la ruda vida consciente.

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